miércoles, 2 de septiembre de 2009

Ha llegado el tapiceroooo…

Por enésisisisima vez leo en un periódico que se va a urbanizar un polígono industrial en Peñarroya Pueblonuevo con fondos Miner. Por enésisisisima vez leo las declaraciones de la alcaldesa que afirman que "con esta actuación vamos a urbanizar y poner a disposición de los empresarios un espacio industrial muy necesario para la ubicación de empresas en nuestra localidad, lo cual permitirá el desarrollo industrial del municipio”, copio literalmente.
Ya tengo doloridas las orejas, los tímpanos, la cadena de huesecillos y hasta la mismísima trompa de Eustaquio (¡vaya nombrecito!) de escuchar y leer que el dinero del Miner está entrando a raudales en nuestra ciudad y que ello va a suponer bla, bla, bla y más bla. Desde hace más de seis años lleva la señora alcaldesa poniendo repetitivamente el mismo disco, sin ni siquiera hacer una introducción o prólogo diferente, sin ni siquiera adornarlo con algún “telonero”, o al menos, un pregonero diferente a ella misma.
Esto ya cansa: primero, las parcelitas esas tan monas (y tan solitas y desoladas) de El Antolín, que aunque con dinero del pueblo, ahí están; segundo, el renombrado y bien plantado (nunca mejor dicho, ya que desde que se adquirió ha producido varias cosechas de cereales) Vega Currillo; a continuación el vilipendiado, vapuleado y al final admirado Cerco Industrial, que parece que sí, pero que es que no… que a lo mejor… que parece ser que….; y por último, esto de los terrenos de El Antolín, que también tiene migas la cosa, haber gastado en comprar, teniendo terrenos para urbanizar y que a fecha de hoy podrían estar terminados y, posiblemente, ocupados.
Si echamos cuenta de los euros que por estos presuntos, algunos, y fallidos, “algotros”, polígonos industriales, nos salen unas cifras de muchos, muchos ceros que según preconiza la alcaldesa, "con esta actuación vamos a urbanizar y poner a disposición de los empresarios un espacio industrial tiroriro - tiroriro, tiroriro - tirorá…”, dale que te pego y erre que erre.
Echando mano a la estadística, si en más de seis años estamos aún en la fase de “pide que te pide”, y que normalmente estos menesteres ocupan al menos de tres a seis de ellas (1º-pedir, 2º-evaluar la petición, 3º-ponerle algunas pegas, 4º-dar, 5º-elaborar el proyecto y 6º-sacar a licitación el mismo), calculo que para 2040 más o menos veremos (los que tengan la suerte de llegar con la vista en condiciones) aquello que el CD de Luisa Ruiz viene repitiendo cansinamente, con el mismo soniquete que emplea el machacón y coñazo del “tapicero”.

Mi admirado maestro

Como cualquier hijo de vecino (¿qué querrá decir ésto?), yo también me he incorporado a lo cotidiano después del período vacacional. Me lo he pasado bien, muy bien. He alcanzado algunas de las expectativas que deseaba realizar y experimentar, bastante satisfactorias por cierto, y por lo demás, qué voy a contar de las vacaciones, que al menos a mí solo me sirven para pegarme unos fletes e incentivar el cansancio hasta límites de récord Guinnes. Algo sí que he descansado, pero lo justo para no perder comba y aprovechar el tiempo cansándome en todo aquello que me gusta y que normalmente no puedo hacer en tiempos distintos a estos de asueto.
Veraneo desde hace bastante tiempo en el mismo lugar, con lo que ya tengo cierto conocimiento del entorno, de sus gentes, de los andurriales y, en definitiva, de las posibilidades que ofrece en bastantes aspectos, lo que me permite planificar de manera anticipada y casi con precisión matemática cómo voy a distribuir mi tiempo y en qué manejos. Algunas veces (bastantes) falla la previsión, pero eso es lo que le proporciona al hecho esa esencia tan estimulante que te hace sentir frescura y novedad, porque como es algo que no esperas, la improvisación se convierte en sugerente artimaña que te mantiene ocupado y distraído (amén de que tanto rigor puede llegar a ser fastidioso).
En lo que más me gusta de estar en la costa, que es pescar, he disfrutado hasta extremos casi orgásmicos, vamos, que después de estar planificando un año entero para enfrentarme a nuevos eventos y para la puesta en práctica de novedosas técnicas casi con rigor estudiantil de tesis doctoral, llegado el momento me encontré con que todo funcionaba, que era comodísima y efectiva la teoría y los métodos y aparejos que previamente me había preparado. No solo eso, sino que además sentí la satisfacción de que los “colegas” con los que compartía orilla y afición se interesaban en preguntarme que qué era ese procedimiento que estaba empleando, ese montaje de anzuelos en la línea, esos tambores de carrete tan especiales, esos lances que superaban con creces las distancias que los demás alcanzaban y, en fin, que quedé anonadado con las actitudes de admiración que me dispensaron y que al final llenaba de peces mi cubo, en algunas ocasiones haciendo doblete de capturas.
Solo tuve un inconveniente, que no coincidí hasta el último día con un amigo al que conocí hace cuatro años, de Puente Genil, y que me llamaba “mi maestro” porque el primer día que coincidí con él en el espigón, además de meter hasta las narices en todo lo que hacía, cuando anzuelaba la carnada, cuando anudaba un terminal a un aparejo, cuando preparaba las lombrices en la aguja, etcétera, hasta el punto de que más de una vez tuve que decirle que por favor se apartara, que necesitaba espacio para poder incluso coger la botella de agua para beber, no paraba de hacerme preguntas, como una ametralladora, una detrás de otra. Casi no me daba tiempo a contestarle, solo estaba pendiente de cómo satisfacer esa angustiosa necesidad que el tipo tenía por aprender y que yo, novato en estas lides por aquel entonces, solo sabía por haberlas copiado de todos aquellos a los que había visto hasta entonces.
Mi tocayo de Puente Genil no llegó hasta el último día, justo el que yo me volvía de mis vacaciones en este lugar, y mi sorpresa fue que cuando coincidí con él, precisamente en el espigón donde nos conocimos, estaba pletórico y deseoso de enseñarme todos los aparejos que tenía preparados para mí, si, para mí. El “discípulo” venía a enseñarle a “su maestro” los avances que había desarrollado en técnica, métodos, aparejos y hasta en cómo preparar unas sardinas para que fueran cebo “bocato di cardinale” para los peces.
Me resultó frustrante, bastante decepcionante no haber podido compartir con él algunos días, solamente por el hecho de que me lo paso estupendamente con su compañía, pero además es que este año mi tocayo venía preparado, algo similar a lo que yo estuve haciendo casi un año entero para poner en práctica llegado estas fechas.
Él había hecho lo mismo que yo, pero con una significativa diferencia: había estado pensando en mí, en aquello que sabía me podría impresionar; quería enseñarme todos los avances en conocimientos que lo habían llevado a “fabricar” nuevos aparejos, conocer montajes diferentes, idear sistemas y, en definitiva, perder su tiempo en prepararme físicamente todo aquello que a él mismo le hacía sentir orgulloso de poder enseñar a “su maestro”.
Espero con ansias las vacaciones del año que viene. Estoy seguro de coincidir con él, con mi “discípulo”, que solo por el hecho de haberse preocupado tanto en mí, a partir de ahora será “MI ADMIRADO MAESTRO”.

lunes, 13 de julio de 2009

Días de escuela

Jamás he usado uniforme escolar, salvo el “babi” de cuando estaba en la “escuela de los cagones” o parvulitos. Pero lo de la leche en polvo lo recuerdo perfectamente, todos en fila, con la taza de latón en la mano y haciendo cola para que el señor maestro te echara ese mejunje asqueroso en forma de harina que sabía a rayos. Mi madre me daba envuelto en un papel doblado una pequeña porción de Cola-Cao y una pizca de canela para que matara un poco ese emboque que, al menos a mí, me producía nauseas. Después te ibas al grifo y le añadías agua, removiendo poco a poco la pócima, porque si no se hacían unos grumos rebeldes y vomitivos de necesidad.
Eso era a la hora del recreo, en el que parte del tiempo lo perdías en esa procesión hacia el saco de papel con la leche en polvo, y el resto del tiempo lo dedicabas a jugar a las “bolas”, a pie mosca o a cualquier otra cosa que el pequeño espacio dedicado a estos menesteres te permitía. Tengo que decir que mi “colegio”, por llamarlo de alguna manera, era una casa particular habilitada al efecto, donde lo que fue la estancia se había convertido en aula, totalmente diáfana, sin tabiques y con una columna central de hierro que soportaba la viga transversal que sujetaba todo el techado. El patio de la casa era el espacio donde disfrutábamos del recreo, que tenía una especie de cuartito de paredes irregulares de tierra y con una puerta de madera desvencijada, que hacía las veces de lavabo, o mejor dicho, de retrete, porque lavabo, lo que se dice lavabo, no existía; solo había un grifo en mitad del patio que era el “manantial” que surtía del líquido elemento para todo lo que fuese necesario, y eso cuando había agua, ya que con machacona regularidad ésta se encontraba ausente. Pero para estas circunstancias había un pilón de cemento debajo del grifo que siempre tenía agua… y ovas… y en verano larvas de mosquito (que nosotros llamábamos “cabezones”), con las que también encontrábamos entretenimiento mirándolas moverse con esas sacudidas convulsivas por todo el pilón.
Lo más dramático, por ponerle un apelativo, era cuando nos tocaba hacer deporte. El recuerdo de aquello me produce por un lado una sonrisa, y por otro un recuerdo asimilado a la España profunda, en la que los medios escaseaban de tal manera, que era la imaginación la que proporcionaba los elementos para poder hacer “gimnasia”, que era como se llamaba el tiempo que dedicábamos a estas ocupaciones. Por aquel entonces participábamos en competiciones escolares de la localidad en baloncesto y balonmano. Yo era de los de baloncesto y para “entrenarnos”, el maestro colgaba en la pared del patio, justo al lado de la puerta, un porta-macetas con un diámetro aproximado al balón que usábamos, por supuesto no de baloncesto, sino uno cualquiera, y que era lo que nos servía de canasta. La situación de los árboles (dos) en ese escaso patio no nos permitía que tirásemos en línea recta hacia la “canasta”, sino que teníamos que hacerlo de manera oblicua y sin darle mucha altura al balón porque si no daba contra las ramas, con lo que el tiro libre era una asignatura pendiente en los “entrenamientos” y que solo practicábamos cuando jugábamos algún partido en otro colegio que sí tenía canastas, sin red, pero hasta con tablero y todo.
Lo del salto de longitud, espalderas, potro y otros elementos similares eran desconocidos para nosotros. Solo conocíamos lo que era pedestrismo, lo de correr, vaya, que era lo único que podíamos practicar cuando el señor maestro nos llevaba de excursión al campo y donde, con nuestras botas “Gorila” siempre, superábamos cualquier obstáculo, piedra, pedrusco, rama, surco o socavón que hubiera en la superficie sobre la que corríamos.
Y después estaban las horas lectivas, las de dar clase. Mi maestro tenía la costumbre de ponernos en fila semicircular alrededor de su mesa y por orden de sabiduría, es decir, de izquierda a derecha, el primero de la fila era el que más preguntas había contestado bien y, por ende, el último el que menos. Los puestos se iban alcanzando en base a los fallos de los que estaban primeros y los aciertos de los que andaban por detrás en esta especie de ranking de conocimientos. Si el que estaba por delante de ti no conocía la respuesta y tu sí, ocupabas su puesto y él retrocedía. Cuando el señor maestro hacía una pregunta y conocías la respuesta, estirabas la mano en dirección hacia donde él se encontraba sentado, diciendo nerviosa y repetitivamente su nombre, con el Don delante, por supuesto, para que éste supiera que tú la dominabas y que andabas con ganas de superar algunos puestos en esa media fila redonda a modo de podium del saber.
Todos nos respetábamos de un día para otro nuestra posición en esta escala; no recuerdo ninguna disputa por este motivo.
Lo que también recuerdo sin fisuras de memoria era la puñetera “palmeta” con la que el señor maestro igual nos arreaba en la punta de las manos para que nos separáramos de su mesa en la “rueda del saber” porque algunas veces casi le dábamos en la cara, que nos ponía en posición de “culo en pompa” y la estrellaba contra nuestro trasero. Otro castigo era darte palmetazos directamente sobre la mano abierta, sobre lo cual existían multitud de hipótesis que los alumnos barajábamos para hacer que el daño que éste causaba fuera minimizado. Una de las más famosas era refregarte ajo sobre la palma de la mano. Yo no lo hice nunca, pero sí recuerdo a un alumno que era “histórico” en eso de los castigos, y al que en verano era casi imposible arrimarse por el pestazo a ajo que desprendía.
En fin, son recuerdos y experiencias de mi infancia. Voy a cumplir dentro de mes y medio 50 años, así que ya no sé si catalogarlos de recuerdos… o de batallitas seniles.

jueves, 2 de julio de 2009

La disputa

Ayer tuve la oportunidad de presenciar un hecho que, aunque pueda parecer estúpido, me produjo cierta sensación de pena, además de mantenerme entretenido largo rato.
Cuando lo cuente alguno pensará, haciendo referencia al refranero, que cuando el diablo no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas, y es posible que así sea, porque la circunstancia se produjo justo en un momento en el que disfrutaba de la plácida tranquilidad y sosiego que me causaba estar tomando el fresco de la tarde-noche en el patio de mi casa, debajo de un especie de cenador formado por hiedra, y que previamente había refrescado con un ligero riego.
Justo enfrente de la posición en la que me encontraba, en una de las esquinas del sombrajo, embutido en un alcorque hay un pequeño rosal de esos que llaman de “pitiminí”, que presentaba unas diminutas rosas esparcidas por la parte alta de éste a modo de florero majestuoso. En un momento en el que me encontraba mirando unas de las rositas, aprecié que una abeja andaba husmeando entre ellas, revoloteando de una a otra y volviendo de nuevo a las mismas que antes había visitado. Era ya de por sí un espectáculo ver como el diminuto insecto se mantenía flotando en el aire, ya que las alas por la velocidad con que las movía no se le distinguían, como seleccionado aquella flor a la que acudiría, yo diría que hasta con cierto sentido del glamour, ya que daba la sensación que escudriñaba tanto el color, como el olor e incluso el leve movimiento que el viento producía sobre ellas. Cuando decidía dónde avituallarse del néctar que había ido a buscar, se posaba sobre uno de los pétalos de la flor elegida y con andares torpes, nada comparable a la elegancia de cuando se desenvolvía en el aire, introducía su cabeza entre los pistilos, dejando solo a la vista parte de su abdomen, que movía graciosamente de un lado a otro. Al cabo de unos minutos aparecieron algunas abejas más que, sin molestarse las unas a las otras, se dedicaron con la misma gracilidad e insistencia a la tarea que la primera venía desarrollando.
Hasta aquí todo normal y repetitivo, lo que lo convirtió en monótono y en cierta medida me hizo perder el inicial interés que sobre el asunto había mantenido, pero justo cuando iba a cambiar la mirada hacia otro lado en busca de cualquier otro aliciente que me entretuviera, apareció sobre el menudo rosal otro insecto, mucho más grande que las pequeñas abejas que ya lo ocupaban, negro, gordo y peludo, emitiendo una especie de zumbido que asemejaba al ronroneante e invariable ruido de una motobomba, aunque en un escala bastante más tenue.
El animalejo comenzó a revolotear por encima de las florecillas, con bamboleos bruscos de lado a lado que algunas veces daban la sensación de que su timón no le funcionaba bien y le costaba mantener el rumbo. Así se mantuvo durante algún tiempo, hasta que decidió posarse de manera bastante más brusca que las gráciles abejas sobre la flor más alta del rosal, cuestión que produjo una reacción inmediata de éstas, que salieron volando hacia atrás como poseídas por el diablo. Pero no se retiraron mucho, no, quedaron como esparcidas por encima de la planta, suspendidas en el aire a distancias regulares entre ellas, y con la mirada fija en el rosal, o en el abejorro que estaba sobre él. Se movían hacia los lados con movimientos perfectamente coordinados, todas hacia el mismo lado, a la vez y con una cadencia en distancia que me atrevería a decir, exacta. Esta especie de danza de observación se mantuvo durante bastante tiempo, mientras, el negruzco y gordo insecto seguía andurreando torpemente por entre las pequeñas flores. En la misma medida que éste se movía, las abejas modificaban su posición de manera armonizada y regular, siempre con la vista fija en lo que aparentemente daba la sensación que era su objetivo. Llegué a asimilar el suceso que estaba percibiendo con algunas de las escenas de la película “Matrix”, en la que los actores se mantenían flotando en el aire, con posturas corporales claramente bélicas y en ese impasse en el que de manera inmediata y veloz propinan el golpe fatal.
Dicho y hecho, o mejor expresado: pensado por mí y ejecutado por las abejas. De golpe, todas a una se abalanzaron sobre el abejorro (o lo que fuera), quedando sobre éste como un fiero enjambre adosado, en el que solo se percibía un movimiento circular y concéntrico, debido posiblemente a que lo único que le quedó sin ocupar de todo su cuerpo al insecto atacado, fueron las patas y las movía con la angustia de no saber ni por ni hacia dónde dirigirse. Este ataque se prolongó hasta que la víctima consiguió con su errático recorrido caer al suelo, momento en el que las abejas se desprendieron de su cuerpo, pero no cejaron en el incordio de darle pasadas a una distancia que casi lo rozaban, de manera insistente, una detrás de la otra y en perfecta formación aérea. Otro símil que me acudió a la mente fue el ataque aéreo a Pearl Harbour, no lo puedo evitar, soy peliculero.
El pobre bicho (ya empezó a darme pena) anduvo por el suelo aguantando los envites de las abejas como podía. En cada pasada lo hacían volverse patas arriba, le maltrataban las alas con golpecitos que hacían salir de éstas una especie de polvillo y, en fin, lo mantenían tan acosado que yo pensé que era tanta la angustia que sentía por esta situación, que le impedía reaccionar de la manera más lógica, que hubiera sido levantar el vuelo y marcharse, pero no, allí seguía el desgraciado.
Ya no pude soportar más esta circunstancia y actué: arranqué una hoja de hiedra y se la coloqué encima al abejorro, cuestión que posiblemente puso al bichejo al borde del infarto, ya que al susto del ataque que estaba sufriendo se le sumó la pérdida de visión del entorno, pero que produjo la paralización inmediata de sus patas y le ocultó de la vista de las “abejas asesinas” que intentaban por todos los medios hacerle mal. La reacción de éstas también fue inmediata: se quedaron sobrevolando un instante por el lugar, hicieron lo mismo alrededor del pequeño rosal y se marcharon sin más.
Cuando le levanté la hoja de hiedra de encima al bicho negro, arrancó a volar tropezándose contra el rosal, el poste que soporta el cenador y hasta conmigo mismo, pero en cuanto encontró hueco en el cielo, salió disparado y ni siquiera me dio las gracias, el jodido.
En fin, espero que se le pase el sofocón y otra vez que vuelva a visitarme mire primero si en el rosal hay abejas.

lunes, 29 de junio de 2009

El último Pleno

El día 23 fui a presenciar el Pleno Ordinario que se celebra todos los últimos martes de cada mes. Y fui por motivos puntuales que no vienen al caso, ya que desde que dejé de pertenecer como concejal a la Corporación Municipal no he vuelto a estar en el salón de Plenos por motivo alguno.
La cuestión es que aquello fue algo que me hizo sentir irritación. Y me irritó por dos motivos concretos: primero, porque la oposición mantiene una postura de lo más ridícula, inconcreta y, sobre todo, asumiendo un rol de perdedores y sometidos que asombra; y segundo, porque en base a estas primeras premisas, la actitud de la señora presidenta vino a poner de manifiesto el tajante arrojo que emplea en tomar sus decisiones y las de su grupo político, a sabiendas que cualquier réplica de la oposición será postrada, cuando no humillada.
El portavoz del grupo municipal de IU-LV-CA preguntó que por qué no se había votado la urgencia de una propuesta que se presentó en un Pleno anterior. Con las mismas argumentaciones que nada, es decir, con cero argumentaciones, le vino a decir que eso es lo que hay y punto. Algo similar hizo el del Partido Popular, en el que venía a pedir que como homenaje a un ciudadano de este pueblo se le pusiera su nombre al Estadio Municipal Casas Blancas. Ni se votó la urgencia, ni por supuesto la moción quedó como originalmente la proponía este portavoz, sino que la señora presidenta le dijo que quedaba para incluir en el próximo Pleno el ponerle el nombre de este paisano a las nuevas instalaciones deportivas que se están construyendo detrás del antiguo pabellón polideportivo, porque el Estadio Casas Blancas se tiene que seguir llamando así. Y otra vez punto.
Y si me limito a las argumentaciones del Partido Andalucista, ya se me caen los palos del sombrajo. En “ruegos y preguntas” el portavoz de este grupo municipal esgrimió un par de preguntas o ruegos que, porque estaba yo presente, que si no, no me lo creo. En ambas - insisto, en “ruegos y preguntas”, cuestión que solo deben saber los grupos municipales que las presentan porque no forman parte del orden del día nada más que de manera genérica, sin especificar -, se llevó sendos rapapolvos: uno porque la mesa presidencial estaba repleta de documentación que ni los mismos grupos municipales poseían, como era el caso del informe de un erudito veterinario respecto a la instalación de una planta de transferencia de animales muertos, y el otro porque, poco menos que media hora antes del Pleno, por parte del Concejal de turno ya se había solucionado la cuestión que el Portavoz del PA planteaba, y que era la retirada de un vehículo que estaba a las puertas del Consistorio desde hacía bastante tiempo. Digo que se me caen los palos del sombrajo porque, ¿cómo es posible que sin que medie información entre los portavoces y el equipo de gobierno en estas cuestiones que se plantean por ruegos y preguntas se tengan tan perfectamente calibradas las respuestas o las actuaciones emprendidas en cuestión de minutos?. Parece cosa de espías, de verdad.
En serio, me llevé una enorme decepción por todo cuánto presencié, aunque no soy ajeno que no hace falta asistir a los Plenos para percibir estas sensaciones, porque evidentemente es notorio y manifiesto que la Corporación Municipal hoy por hoy la conforma únicamente el Grupo Municipal del PSOE, con su señora presidenta al frente, y el resto de grupos políticos, ni quieren, ni ejercen de representantes de ningún vecino.
Lo siento por esos vecinos, entre los que me incluyo.

miércoles, 24 de junio de 2009

Una amiga

Tengo una amiga que me riñe, casi siempre está en desacuerdo conmigo, algunas veces me abandona en pleno cotarro que ella misma ha propiciado y con reiteración, me incordia y me irrita.
Solo refiero las cosas que a priori pueden parecer justo lo contrario a una analogía de amistad, por lo que con dos renglones y medio he tenido espacio más que suficiente para ello, igual que tengo que decir que si tuviera que hacer lo contrario, es decir, definir por qué es mi amiga, creo que me harían falta palabras y asesoramiento para poder expresar con ellas las pasiones que motivan esta relación.
Es mi maestra, el camino, la sensatez (últimamente para con los demás, que no para con ella), es la historia, la memoria, la intención, la cultura, la educación, el misterio, la capacidad, la diplomacia, la serenidad, la lógica, cruda a veces y otras tierna, pero poco (o al menos intenta que no lo parezca).
Es un compendio entre memoria histórica y referentes aún más históricos, así como actual y contemporánea al mismo tiempo. Es el progreso comedido, sin prisas, sin atropellos, quizás algo reticente a ello, pero contundente en sus criterios. Para mi juicio, algo lenta en este aspecto, pero seguro que es porque la comparo conmigo, y es que yo soy apresurado e inmediato, no tengo capacidad para darle tiempo al tiempo; su lema en este sentido sería: “pasitos cortos, firmes y continuados”, y el mío por el contrario diría algo parecido a: “¡venga, coño, que no llegamos!”
Solo tengo claro que la tengo y la siento. Es mi amiga.
Ahora está malita, pero en fase ascendente para una estupenda recuperación que estoy completamente seguro servirá para que una vez pasada esta especie de ITV, con los filtros limpios y los fusibles renovados, esa sensatez para con los ajenos a la que antes aludía, se convierta en norma común de su propia vida y para con ella misma.
También tengo la seguridad de que en este escenario en el que ella ha venido interviniendo (siempre entre las tramoyas, porque no le gusta ser protagonista), volverá a estar como siempre ha estado, pletórica, rebosante, ayudando y empujando a que la obra continúe, debe continuar, y por eso ahí estará ella, mi amiga, esa misma que grita, que riñe, que desdeña y te cabrea.
Pero eso es lo que hay. Y que no cambie nunca, aunque suene egoísta por mi parte, porque de ello dependemos muchos… tantos como aquellos que la queremos tanto.
Un abrazo Ana.

lunes, 22 de junio de 2009

Un día soñé

Se notaba olor a humedad, pero de esa humedad que agrada, como la que rezuma la hierba de un cuidado césped recién cortado, o como el de la tierra mojada por una fina lluvia. Era una sensación muy seductora, porque proporcionaba frescura por un lado y a la vez evocaba naturaleza, que por ende, sugería libertad. La impresión de placer se acrecentaba porque de aquellas emociones estaba disfrutando mucha gente, personas de todas las clases, amigos, hermanos, padres, vecinos, adultos, jóvenes, que además compartían goce al ver que todo lo que les rodeaba, calles, tiendas, fábricas, escuelas y hospitales, era fruto del esfuerzo que los residentes habían puesto en el empeño, motivo por el que disfrutaban doblemente. Hasta los animales del entorno parecían más felices y desplegaban sus encantos a modo de trinos, colores y juegos con graciosos saltos y cabriolas que era su especial aportación a la euforia común.
Era una situación un tanto idílica, pero con un notorio componente asumido por cuántos compartían esa sociedad, y es que este escenario no se había producido por generación espontánea, si no que había costado un gran esfuerzo por parte de todos, y que además seguía costando, porque tenían que continuar en el empeño de cuidar que ésto fuera así, y a la vez seguir fomentándolo aún más para el bien y deleite de toda la comunidad.
Alguien que pasaba por los alrededores, y que probablemente no tenía nada que ver con aquello, arrojó despreocupadamente la corva de un cigarrillo encendido sin apenas mirar el sentido del lanzamiento, lo que hizo que ésta fuera a parar justo en una cuneta plagada de jaramagos, que por efecto del calor y el polvo de la carretera, estaban totalmente secos, quebradizos y con ausencia total de remojo. El efecto fue casi inmediato: la brasa del cigarrillo prendió una finas pajas, que a su vez empujadas por el viento, fueron a trasmitir el fuego hacia los matojos más grandes y aquello se convirtió en un rastrojal en llamas que como un reguero de pólvora recorría toda la cuneta. A lo largo de este transcurrir, el fuego remansaba y se avivaba en densas masas de hierbajos que rodeaban el pie de algunos árboles, cuestión que producía hogueras de cierta envergadura que llegaban a alcanzar las ramas más bajas de éstos. En poco tiempo el fuego era evidente y contundente. Las llamas andaban ya encaramadas a troncos y copas de algunos árboles, así como a setos de vegetación de un volumen lo suficientemente grande como para que el centelleo y la humareda diera a aquello categoría de incendio de significativa magnitud.
Los residentes abandonaron de inmediato sus quehaceres placenteros, y como una marabunta perfectamente adiestrada, acudieron al socorro de los bienes comunes y particulares que corrían el peligro de incendiarse o de malograrse por efectos del infierno que allí se había desatado. Cada uno portaba una herramienta y enser diferente con la que pelear contra el fuego, pero que conjuntadas todas ellas ofrecían una contundencia minuciosamente proyectada con la que atajar el problema.
Mangueras, hachas, vehículos terrestres y aéreos, palas, rastrillos, sierras y todo tipo de utillaje eran en manos de los residentes como enormes bocas que allá por donde pasaban iban aspirando el fuego y los rescoldos hasta hacerlos desaparecer por completo. Al paso de estas brigadas, inmediatamente detrás acudían otras que, pertrechadas con otra suerte de utensilios, se ocupaban en regenerar el terreno, construir de nuevo lo destruido y limpiar y embellecer las zonas que habían sido degradadas por el fuego.
En un pis pas no quedaba ni siquiera olor a humareda y, por supuesto, indicio alguno de que por allí había habido un devastador incendio. No solo no quedó huella de éste, sino que además el lugar adquirió un esplendor nuevo, más bello y moderno aún de cómo estaba antes del suceso. Los residentes de nuevo volvieron a sus quehaceres rodeados de la espléndida belleza de este novedoso e inmejorable entorno que, debido al conato de catástrofe, había crecido no solo en calidad, sino también en cantidad, ya que había aún más funcionalidad y número de residentes.
Solo quedaba un paisano que aún continuaba en labores de remodelación, y ésta consistía en clavar en el exuberante suelo una estaca, justo a la entrada de este fantástico lugar. Una vez plantada la estaca, asió a la misma un cartel de madera rectangular terminado en punta de flecha y en el que impreso con letras grandes se leía: “PEÑARROYA PUEBLONUEVO”.