martes, 15 de septiembre de 2009

Voy a contar un cuento

Había una vez una concejala..., o mejor dicho, hay una concejala en un pueblo muy bonito, que era una persona dedicada por entero a su pueblo, a los demás y a solucionar todo aquello que estando en su mano, fuese beneficioso para la comunidad.
En ese mismo pueblo, además de esta concejala, habitaba una bruja maligna y egoísta, que todo lo quería para ella y que no tenía reparos en utilizar cualquier artimaña si con ello conseguía consumar sus maléficos propósitos.
La malvada bruja tenía intención de ejecutar una obra en una calle, cuestión que como era habitual en ella, no meditaba ni lo más mínimo, sino que conforme se le ocurría la idea, inmediatamente mandaba elaborar el proyecto de obras en base a sus necesidades, sin tener en cuenta las propiedades particulares colindantes y por supuesto, lo que los propietarios de aquellos terrenos que necesitaba ocupar pensaran al respecto. Así que, como si de su propio cortijo se tratara, no dudó en incluir en ese proyecto de obras unas lindes que pertenecían a otras personas, pero como era malvada y sabía que estos propietarios ya fueron despreciados en su momento cuando se les “ocurrió” donar al Ayuntamiento esos mismos terrenos para la construcción de una Residencia para Disminuidos Psíquicos y que ella rechazó por aquellos entonces, barruntó la idea de embrujar a la concejala buena para que fuera a hablar con ellos y los convenciera.
Como era de suponer, los propietarios de los terrenos se sorprendieron enormemente, primero, por haber visto como se incluían sus pertenencias en un proyecto sin contar con ellos, y segundo, porque había que tener la cara muy dura para venir ahora, después del rechazo y el desprecio anteriores y con la política de hechos consumados que la malvada bruja acostumbra a desarrollar, a pedir su consentimiento para que esta obra, ya proyectada, se pudiera ejecutar. Cuando la concejala buena se encontró con estos argumentos tan evidentes y contundentes que los propietarios le manifestaban, quedó pasmada y anonadada. Llena de estupor pidió mil disculpas una y otra vez a los propietarios, aunque como venía hechizada por las maléficas artes de la bruja maligna, cometió un error, error fatal que la puso en evidencia y que vino a demostrar que no era del todo tan buena: mintió al decir que ella no sabía nada de aquel asunto y que había tomado esta iniciativa a nivel personal.
El final del cuento aún está por contar, porque entre otras cosas, tanto la concejala, ahora “menos” buena, como la bruja maligna, han desaparecido como por arte de magia del lugar de los hechos y los propietarios han quedado a la espera de recibir nuevas informaciones al respecto de estos acontecimientos… y que aún siguen esperando.
No obstante, y si yo fuera el narrador de este cuento, pondría mucha atención a esos silencios por parte de la maligna bruja, porque a buen seguro que la marmita donde se cuecen y amalgaman los conjuros debe estar siendo nutrida de condimentos que consigan los efectos que ésta persigue.
Las brujas son así.

Golpe de Estado a lo Maleno


Hace pocos días leía en un diario provincial que en el ayuntamiento de Posadas se iba a presentar una moción de censura liderada por el PP y apoyada por algunos miembros de los grupos municipales de IU y del PA, contra el actual alcalde del PSOE, incluso a pesar de que éste ha presentado su dimisión.
Saldrá adelante y el partido gobernante dejará de serlo para proponer como candidato al portavoz del PP. Lícito y conforme a ley, con lo que los malenos tendrán la oportunidad de que haya otra alternativa de gobierno municipal, propiciada por representantes del pueblo y con la intención de mejorar la gestión anterior, porque de eso se trata, de presentar otra opción que optimice y corrija los posibles defectos que los anteriores gestores hayan venido cometiendo, por supuesto siempre en favor de la ciudad y de los ciudadanos.
Esto hubiese sucedido en Peñarroya Pueblonuevo, aunque solo a nivel de conato o comentario y tendría la catalogación de “Golpe de Estado”, como así fue definido por la alcaldesa Luisa Ruiz. Porque, como los gatos, esta mujer y su equipo de gobierno se defienden panza arriba, es decir, atacando con uñas y dientes y para ello nada mejor que emplear calificativos que recuerden antañas movidas políticas, en las que con armas y con absoluto desprecio hacia los demás, se tomaba el poder a la fuerza.
Sin embargo, no tuvo estas mismas apreciaciones cuando ella se alió con otro partido, ambos minoritarios, para quitar de en medio a quién legítimamente había ganado las elecciones en su momento. Eso no fue un “Golpe de Estado”, sino una “necesidad para el pueblo”, ya que parece ser que al alcalde anterior había que impedirle por todos los medios que volviera a regentar la presidencia municipal, debido posiblemente a que este señor era el demonio personificado. No hubo matices, ni siquiera consideraciones a la democracia, a la sensatez, a la lógica, a las oportunidades que la oposición tiene de presentar una moción de censura a lo largo de una legislatura, a hacer algo de oposición para demostrar que eres mejor opción que el gobernante, no; ni la más mínima oportunidad, desde el principio se “mató al perro” y con ello se “erradicó la rabia”. Pero ésto no era un “Golpe de Estado”, sino todo lo contrario; era un empujón a la concordia, a la convivencia pacífica, sin crispaciones y, por supuesto, del que todo el mundo salió beneficiado y poco menos que flotando entre sábanas de seda y acompañado de coros celestiales.
¡Cómo cambia el cuento, oye, en función de por donde soplen los aires! Si ahora se le ocurriera a la oposición municipal en Peñarroya Pueblonuevo ni siquiera tener la idea de presentar una moción de censura (que no olvidemos, hay que ganarla y presentar un proyecto de ciudad diferente o al menos que mejore al existente), sería un “Golpe de Estado”, un atentado contra la democracia, una usurpación ilegítima de los poderes de gobierno y, en definitiva, una acción totalitaria, dictatorial y tiránica.
Solo se me ocurre añadir que la posibilidad existe, que es lícita y conforme a derecho; sobre todo al derecho que los ciudadanos tenemos a que se representen nuestros intereses con lealtad, sin desprecio y con la misma vara de medir y sin que interfieran ideologías ni rencores.
Aviso a navegantes y ojito al parche, porque como dice el sabio refranero, cuando las barbas de tu vecino veas cortar…
Y ahora viene la letra pequeña: “No me lo creo ni yo”.

jueves, 3 de septiembre de 2009

El virus

Cada vez que me da por asomarme a la política local – leo comentarios en blogs, miro la prensa local y escucho opiniones – me entran unas irrefrenables ganas de bostezar. No es por aburrimiento, que también, sino porque todo suena a rancio, mohoso, repetitivo, soez y cochambroso.
Los unos, los que gobiernan, porque para ellos todo es pátina lustrosa y aquello que tocan lo convierten en santo grial mágico que transforma las cosas en maravillas y portentos. Los otros, los que no gobiernan (aunque bien podrían hacerlo por ser mayoría en la Corporación Municipal), porque para ellos son todo desdichas e infortunios y además se sienten arrollados por el ingente y aplastante poder que los primeros ejercen.
Gobernantes y oposición no deberían ser tan dispares y crudos en sus tratos, aunque viendo el patio político en el ámbito nacional, creo que es la acción de un virus pandémico el que motiva a ambos a actuar como actúan y que se ha establecido y encallado en sus tejidos por efecto de lo que ven hacer a sus líderes. Se buscan las cosquillas, arremeten como toros bravos los unos contra los otros, se dispensan unos halagos que para él quisiera Belcebú y, en definitiva, solo ven en los contrarios defectos, carencias, secretos inconfesables y despropósitos.
Si todo esto fuera cierto, ¿qué pasa con los gobernados? ¿Cómo nos protegemos de esta batalla sanguinolenta en la que unos y otros andan enzarzados y en la que solo se ocupan en cómo buscar la mejor manera para atizarse y menospreciarse? Lo más traumático de este asunto es que, lo quieran o no reconocer estos nuestros políticos locales, el paisano de a pie se siente como un espía que necesita pasar desapercibido, o mejor dicho, como un espiado, como aquel al que su filiación o simpatía a unos u otros ya le implicara intrínsecamente la enemistad o el desprecio de depende quien le mire o le catalogue. Y si hablamos de tener “cierta necesidad” de encontrar un empleo, aunque sea temporal y pasajero, por ejemplo en el Ayuntamiento, ahí con la iglesia hemos topado: el paisano ha de saber con quien habla, lo que habla y, por supuesto, qué orejas le estarán escuchando o pueden enterarse de lo comentado, porque ya no solo se trata de los que estén presencialmente en los acontecimientos, sino a quiénes éstos pueden acudir con el chisme de turno.
Decía Luisa Ruiz cuando pactó con el PP para quitar de la alcaldía a Rafael Muñoz en 2003, que el argumento fundamental para esta acción era la de “evitar la crispación que el pueblo estaba padeciendo”, cuestión que ella y su grupo político, al cabo de los seis años que llevan en el gobierno municipal, han elevado a la enésima potencia, porque el sentimiento de incomodo que los ciudadanos cada vez sentimos con más obstinación solo está motivado e incentivado por la manera de actuar entre ellos mismos, esos políticos que nos representan, o que presumo pretenden hacerlo.
Llevo bastante tiempo esperando que la cosa cambie, que la tensión desaparezca paulatinamente, que el entendimiento y la cordialidad vuelvan a predominar y que con ello la vida en nuestra ciudad sea agradable, sin “esconderiches”, sin mirarnos los unos a los otros con el rabillo del ojo, pero tengo mis dudas de que esta situación se produzca a corto plazo, a la vista de la curva ascendente que dibujan los acontecimientos.
Seguiré esperando… solo deseo que el contagio me afecte lo justo para pasar desapercibido.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Ha llegado el tapiceroooo…

Por enésisisisima vez leo en un periódico que se va a urbanizar un polígono industrial en Peñarroya Pueblonuevo con fondos Miner. Por enésisisisima vez leo las declaraciones de la alcaldesa que afirman que "con esta actuación vamos a urbanizar y poner a disposición de los empresarios un espacio industrial muy necesario para la ubicación de empresas en nuestra localidad, lo cual permitirá el desarrollo industrial del municipio”, copio literalmente.
Ya tengo doloridas las orejas, los tímpanos, la cadena de huesecillos y hasta la mismísima trompa de Eustaquio (¡vaya nombrecito!) de escuchar y leer que el dinero del Miner está entrando a raudales en nuestra ciudad y que ello va a suponer bla, bla, bla y más bla. Desde hace más de seis años lleva la señora alcaldesa poniendo repetitivamente el mismo disco, sin ni siquiera hacer una introducción o prólogo diferente, sin ni siquiera adornarlo con algún “telonero”, o al menos, un pregonero diferente a ella misma.
Esto ya cansa: primero, las parcelitas esas tan monas (y tan solitas y desoladas) de El Antolín, que aunque con dinero del pueblo, ahí están; segundo, el renombrado y bien plantado (nunca mejor dicho, ya que desde que se adquirió ha producido varias cosechas de cereales) Vega Currillo; a continuación el vilipendiado, vapuleado y al final admirado Cerco Industrial, que parece que sí, pero que es que no… que a lo mejor… que parece ser que….; y por último, esto de los terrenos de El Antolín, que también tiene migas la cosa, haber gastado en comprar, teniendo terrenos para urbanizar y que a fecha de hoy podrían estar terminados y, posiblemente, ocupados.
Si echamos cuenta de los euros que por estos presuntos, algunos, y fallidos, “algotros”, polígonos industriales, nos salen unas cifras de muchos, muchos ceros que según preconiza la alcaldesa, "con esta actuación vamos a urbanizar y poner a disposición de los empresarios un espacio industrial tiroriro - tiroriro, tiroriro - tirorá…”, dale que te pego y erre que erre.
Echando mano a la estadística, si en más de seis años estamos aún en la fase de “pide que te pide”, y que normalmente estos menesteres ocupan al menos de tres a seis de ellas (1º-pedir, 2º-evaluar la petición, 3º-ponerle algunas pegas, 4º-dar, 5º-elaborar el proyecto y 6º-sacar a licitación el mismo), calculo que para 2040 más o menos veremos (los que tengan la suerte de llegar con la vista en condiciones) aquello que el CD de Luisa Ruiz viene repitiendo cansinamente, con el mismo soniquete que emplea el machacón y coñazo del “tapicero”.

Mi admirado maestro

Como cualquier hijo de vecino (¿qué querrá decir ésto?), yo también me he incorporado a lo cotidiano después del período vacacional. Me lo he pasado bien, muy bien. He alcanzado algunas de las expectativas que deseaba realizar y experimentar, bastante satisfactorias por cierto, y por lo demás, qué voy a contar de las vacaciones, que al menos a mí solo me sirven para pegarme unos fletes e incentivar el cansancio hasta límites de récord Guinnes. Algo sí que he descansado, pero lo justo para no perder comba y aprovechar el tiempo cansándome en todo aquello que me gusta y que normalmente no puedo hacer en tiempos distintos a estos de asueto.
Veraneo desde hace bastante tiempo en el mismo lugar, con lo que ya tengo cierto conocimiento del entorno, de sus gentes, de los andurriales y, en definitiva, de las posibilidades que ofrece en bastantes aspectos, lo que me permite planificar de manera anticipada y casi con precisión matemática cómo voy a distribuir mi tiempo y en qué manejos. Algunas veces (bastantes) falla la previsión, pero eso es lo que le proporciona al hecho esa esencia tan estimulante que te hace sentir frescura y novedad, porque como es algo que no esperas, la improvisación se convierte en sugerente artimaña que te mantiene ocupado y distraído (amén de que tanto rigor puede llegar a ser fastidioso).
En lo que más me gusta de estar en la costa, que es pescar, he disfrutado hasta extremos casi orgásmicos, vamos, que después de estar planificando un año entero para enfrentarme a nuevos eventos y para la puesta en práctica de novedosas técnicas casi con rigor estudiantil de tesis doctoral, llegado el momento me encontré con que todo funcionaba, que era comodísima y efectiva la teoría y los métodos y aparejos que previamente me había preparado. No solo eso, sino que además sentí la satisfacción de que los “colegas” con los que compartía orilla y afición se interesaban en preguntarme que qué era ese procedimiento que estaba empleando, ese montaje de anzuelos en la línea, esos tambores de carrete tan especiales, esos lances que superaban con creces las distancias que los demás alcanzaban y, en fin, que quedé anonadado con las actitudes de admiración que me dispensaron y que al final llenaba de peces mi cubo, en algunas ocasiones haciendo doblete de capturas.
Solo tuve un inconveniente, que no coincidí hasta el último día con un amigo al que conocí hace cuatro años, de Puente Genil, y que me llamaba “mi maestro” porque el primer día que coincidí con él en el espigón, además de meter hasta las narices en todo lo que hacía, cuando anzuelaba la carnada, cuando anudaba un terminal a un aparejo, cuando preparaba las lombrices en la aguja, etcétera, hasta el punto de que más de una vez tuve que decirle que por favor se apartara, que necesitaba espacio para poder incluso coger la botella de agua para beber, no paraba de hacerme preguntas, como una ametralladora, una detrás de otra. Casi no me daba tiempo a contestarle, solo estaba pendiente de cómo satisfacer esa angustiosa necesidad que el tipo tenía por aprender y que yo, novato en estas lides por aquel entonces, solo sabía por haberlas copiado de todos aquellos a los que había visto hasta entonces.
Mi tocayo de Puente Genil no llegó hasta el último día, justo el que yo me volvía de mis vacaciones en este lugar, y mi sorpresa fue que cuando coincidí con él, precisamente en el espigón donde nos conocimos, estaba pletórico y deseoso de enseñarme todos los aparejos que tenía preparados para mí, si, para mí. El “discípulo” venía a enseñarle a “su maestro” los avances que había desarrollado en técnica, métodos, aparejos y hasta en cómo preparar unas sardinas para que fueran cebo “bocato di cardinale” para los peces.
Me resultó frustrante, bastante decepcionante no haber podido compartir con él algunos días, solamente por el hecho de que me lo paso estupendamente con su compañía, pero además es que este año mi tocayo venía preparado, algo similar a lo que yo estuve haciendo casi un año entero para poner en práctica llegado estas fechas.
Él había hecho lo mismo que yo, pero con una significativa diferencia: había estado pensando en mí, en aquello que sabía me podría impresionar; quería enseñarme todos los avances en conocimientos que lo habían llevado a “fabricar” nuevos aparejos, conocer montajes diferentes, idear sistemas y, en definitiva, perder su tiempo en prepararme físicamente todo aquello que a él mismo le hacía sentir orgulloso de poder enseñar a “su maestro”.
Espero con ansias las vacaciones del año que viene. Estoy seguro de coincidir con él, con mi “discípulo”, que solo por el hecho de haberse preocupado tanto en mí, a partir de ahora será “MI ADMIRADO MAESTRO”.

lunes, 13 de julio de 2009

Días de escuela

Jamás he usado uniforme escolar, salvo el “babi” de cuando estaba en la “escuela de los cagones” o parvulitos. Pero lo de la leche en polvo lo recuerdo perfectamente, todos en fila, con la taza de latón en la mano y haciendo cola para que el señor maestro te echara ese mejunje asqueroso en forma de harina que sabía a rayos. Mi madre me daba envuelto en un papel doblado una pequeña porción de Cola-Cao y una pizca de canela para que matara un poco ese emboque que, al menos a mí, me producía nauseas. Después te ibas al grifo y le añadías agua, removiendo poco a poco la pócima, porque si no se hacían unos grumos rebeldes y vomitivos de necesidad.
Eso era a la hora del recreo, en el que parte del tiempo lo perdías en esa procesión hacia el saco de papel con la leche en polvo, y el resto del tiempo lo dedicabas a jugar a las “bolas”, a pie mosca o a cualquier otra cosa que el pequeño espacio dedicado a estos menesteres te permitía. Tengo que decir que mi “colegio”, por llamarlo de alguna manera, era una casa particular habilitada al efecto, donde lo que fue la estancia se había convertido en aula, totalmente diáfana, sin tabiques y con una columna central de hierro que soportaba la viga transversal que sujetaba todo el techado. El patio de la casa era el espacio donde disfrutábamos del recreo, que tenía una especie de cuartito de paredes irregulares de tierra y con una puerta de madera desvencijada, que hacía las veces de lavabo, o mejor dicho, de retrete, porque lavabo, lo que se dice lavabo, no existía; solo había un grifo en mitad del patio que era el “manantial” que surtía del líquido elemento para todo lo que fuese necesario, y eso cuando había agua, ya que con machacona regularidad ésta se encontraba ausente. Pero para estas circunstancias había un pilón de cemento debajo del grifo que siempre tenía agua… y ovas… y en verano larvas de mosquito (que nosotros llamábamos “cabezones”), con las que también encontrábamos entretenimiento mirándolas moverse con esas sacudidas convulsivas por todo el pilón.
Lo más dramático, por ponerle un apelativo, era cuando nos tocaba hacer deporte. El recuerdo de aquello me produce por un lado una sonrisa, y por otro un recuerdo asimilado a la España profunda, en la que los medios escaseaban de tal manera, que era la imaginación la que proporcionaba los elementos para poder hacer “gimnasia”, que era como se llamaba el tiempo que dedicábamos a estas ocupaciones. Por aquel entonces participábamos en competiciones escolares de la localidad en baloncesto y balonmano. Yo era de los de baloncesto y para “entrenarnos”, el maestro colgaba en la pared del patio, justo al lado de la puerta, un porta-macetas con un diámetro aproximado al balón que usábamos, por supuesto no de baloncesto, sino uno cualquiera, y que era lo que nos servía de canasta. La situación de los árboles (dos) en ese escaso patio no nos permitía que tirásemos en línea recta hacia la “canasta”, sino que teníamos que hacerlo de manera oblicua y sin darle mucha altura al balón porque si no daba contra las ramas, con lo que el tiro libre era una asignatura pendiente en los “entrenamientos” y que solo practicábamos cuando jugábamos algún partido en otro colegio que sí tenía canastas, sin red, pero hasta con tablero y todo.
Lo del salto de longitud, espalderas, potro y otros elementos similares eran desconocidos para nosotros. Solo conocíamos lo que era pedestrismo, lo de correr, vaya, que era lo único que podíamos practicar cuando el señor maestro nos llevaba de excursión al campo y donde, con nuestras botas “Gorila” siempre, superábamos cualquier obstáculo, piedra, pedrusco, rama, surco o socavón que hubiera en la superficie sobre la que corríamos.
Y después estaban las horas lectivas, las de dar clase. Mi maestro tenía la costumbre de ponernos en fila semicircular alrededor de su mesa y por orden de sabiduría, es decir, de izquierda a derecha, el primero de la fila era el que más preguntas había contestado bien y, por ende, el último el que menos. Los puestos se iban alcanzando en base a los fallos de los que estaban primeros y los aciertos de los que andaban por detrás en esta especie de ranking de conocimientos. Si el que estaba por delante de ti no conocía la respuesta y tu sí, ocupabas su puesto y él retrocedía. Cuando el señor maestro hacía una pregunta y conocías la respuesta, estirabas la mano en dirección hacia donde él se encontraba sentado, diciendo nerviosa y repetitivamente su nombre, con el Don delante, por supuesto, para que éste supiera que tú la dominabas y que andabas con ganas de superar algunos puestos en esa media fila redonda a modo de podium del saber.
Todos nos respetábamos de un día para otro nuestra posición en esta escala; no recuerdo ninguna disputa por este motivo.
Lo que también recuerdo sin fisuras de memoria era la puñetera “palmeta” con la que el señor maestro igual nos arreaba en la punta de las manos para que nos separáramos de su mesa en la “rueda del saber” porque algunas veces casi le dábamos en la cara, que nos ponía en posición de “culo en pompa” y la estrellaba contra nuestro trasero. Otro castigo era darte palmetazos directamente sobre la mano abierta, sobre lo cual existían multitud de hipótesis que los alumnos barajábamos para hacer que el daño que éste causaba fuera minimizado. Una de las más famosas era refregarte ajo sobre la palma de la mano. Yo no lo hice nunca, pero sí recuerdo a un alumno que era “histórico” en eso de los castigos, y al que en verano era casi imposible arrimarse por el pestazo a ajo que desprendía.
En fin, son recuerdos y experiencias de mi infancia. Voy a cumplir dentro de mes y medio 50 años, así que ya no sé si catalogarlos de recuerdos… o de batallitas seniles.

jueves, 2 de julio de 2009

La disputa

Ayer tuve la oportunidad de presenciar un hecho que, aunque pueda parecer estúpido, me produjo cierta sensación de pena, además de mantenerme entretenido largo rato.
Cuando lo cuente alguno pensará, haciendo referencia al refranero, que cuando el diablo no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas, y es posible que así sea, porque la circunstancia se produjo justo en un momento en el que disfrutaba de la plácida tranquilidad y sosiego que me causaba estar tomando el fresco de la tarde-noche en el patio de mi casa, debajo de un especie de cenador formado por hiedra, y que previamente había refrescado con un ligero riego.
Justo enfrente de la posición en la que me encontraba, en una de las esquinas del sombrajo, embutido en un alcorque hay un pequeño rosal de esos que llaman de “pitiminí”, que presentaba unas diminutas rosas esparcidas por la parte alta de éste a modo de florero majestuoso. En un momento en el que me encontraba mirando unas de las rositas, aprecié que una abeja andaba husmeando entre ellas, revoloteando de una a otra y volviendo de nuevo a las mismas que antes había visitado. Era ya de por sí un espectáculo ver como el diminuto insecto se mantenía flotando en el aire, ya que las alas por la velocidad con que las movía no se le distinguían, como seleccionado aquella flor a la que acudiría, yo diría que hasta con cierto sentido del glamour, ya que daba la sensación que escudriñaba tanto el color, como el olor e incluso el leve movimiento que el viento producía sobre ellas. Cuando decidía dónde avituallarse del néctar que había ido a buscar, se posaba sobre uno de los pétalos de la flor elegida y con andares torpes, nada comparable a la elegancia de cuando se desenvolvía en el aire, introducía su cabeza entre los pistilos, dejando solo a la vista parte de su abdomen, que movía graciosamente de un lado a otro. Al cabo de unos minutos aparecieron algunas abejas más que, sin molestarse las unas a las otras, se dedicaron con la misma gracilidad e insistencia a la tarea que la primera venía desarrollando.
Hasta aquí todo normal y repetitivo, lo que lo convirtió en monótono y en cierta medida me hizo perder el inicial interés que sobre el asunto había mantenido, pero justo cuando iba a cambiar la mirada hacia otro lado en busca de cualquier otro aliciente que me entretuviera, apareció sobre el menudo rosal otro insecto, mucho más grande que las pequeñas abejas que ya lo ocupaban, negro, gordo y peludo, emitiendo una especie de zumbido que asemejaba al ronroneante e invariable ruido de una motobomba, aunque en un escala bastante más tenue.
El animalejo comenzó a revolotear por encima de las florecillas, con bamboleos bruscos de lado a lado que algunas veces daban la sensación de que su timón no le funcionaba bien y le costaba mantener el rumbo. Así se mantuvo durante algún tiempo, hasta que decidió posarse de manera bastante más brusca que las gráciles abejas sobre la flor más alta del rosal, cuestión que produjo una reacción inmediata de éstas, que salieron volando hacia atrás como poseídas por el diablo. Pero no se retiraron mucho, no, quedaron como esparcidas por encima de la planta, suspendidas en el aire a distancias regulares entre ellas, y con la mirada fija en el rosal, o en el abejorro que estaba sobre él. Se movían hacia los lados con movimientos perfectamente coordinados, todas hacia el mismo lado, a la vez y con una cadencia en distancia que me atrevería a decir, exacta. Esta especie de danza de observación se mantuvo durante bastante tiempo, mientras, el negruzco y gordo insecto seguía andurreando torpemente por entre las pequeñas flores. En la misma medida que éste se movía, las abejas modificaban su posición de manera armonizada y regular, siempre con la vista fija en lo que aparentemente daba la sensación que era su objetivo. Llegué a asimilar el suceso que estaba percibiendo con algunas de las escenas de la película “Matrix”, en la que los actores se mantenían flotando en el aire, con posturas corporales claramente bélicas y en ese impasse en el que de manera inmediata y veloz propinan el golpe fatal.
Dicho y hecho, o mejor expresado: pensado por mí y ejecutado por las abejas. De golpe, todas a una se abalanzaron sobre el abejorro (o lo que fuera), quedando sobre éste como un fiero enjambre adosado, en el que solo se percibía un movimiento circular y concéntrico, debido posiblemente a que lo único que le quedó sin ocupar de todo su cuerpo al insecto atacado, fueron las patas y las movía con la angustia de no saber ni por ni hacia dónde dirigirse. Este ataque se prolongó hasta que la víctima consiguió con su errático recorrido caer al suelo, momento en el que las abejas se desprendieron de su cuerpo, pero no cejaron en el incordio de darle pasadas a una distancia que casi lo rozaban, de manera insistente, una detrás de la otra y en perfecta formación aérea. Otro símil que me acudió a la mente fue el ataque aéreo a Pearl Harbour, no lo puedo evitar, soy peliculero.
El pobre bicho (ya empezó a darme pena) anduvo por el suelo aguantando los envites de las abejas como podía. En cada pasada lo hacían volverse patas arriba, le maltrataban las alas con golpecitos que hacían salir de éstas una especie de polvillo y, en fin, lo mantenían tan acosado que yo pensé que era tanta la angustia que sentía por esta situación, que le impedía reaccionar de la manera más lógica, que hubiera sido levantar el vuelo y marcharse, pero no, allí seguía el desgraciado.
Ya no pude soportar más esta circunstancia y actué: arranqué una hoja de hiedra y se la coloqué encima al abejorro, cuestión que posiblemente puso al bichejo al borde del infarto, ya que al susto del ataque que estaba sufriendo se le sumó la pérdida de visión del entorno, pero que produjo la paralización inmediata de sus patas y le ocultó de la vista de las “abejas asesinas” que intentaban por todos los medios hacerle mal. La reacción de éstas también fue inmediata: se quedaron sobrevolando un instante por el lugar, hicieron lo mismo alrededor del pequeño rosal y se marcharon sin más.
Cuando le levanté la hoja de hiedra de encima al bicho negro, arrancó a volar tropezándose contra el rosal, el poste que soporta el cenador y hasta conmigo mismo, pero en cuanto encontró hueco en el cielo, salió disparado y ni siquiera me dio las gracias, el jodido.
En fin, espero que se le pase el sofocón y otra vez que vuelva a visitarme mire primero si en el rosal hay abejas.