jueves, 30 de agosto de 2012

Cago en tó sus muertos...


La ceguera debe ser endémica en estos lugares. Los paisanos estamos acostumbrados, y por ende, adiestrados,  a que lo que tenga que ser será, a pesar de que lo que tenga que ser sea algo que nos despoje de nuestras propias higadillas y éstas sean ofrecidas, cual piltrafas, como alimento a las alimañas del señorito. Y si las alimañas del señorito están satisfechas, esa es la ración alimenticia y  moral de la que los paisanos hemos de nutrirnos, sin más.

A las cinco de la mañana el paisano se dispone a sacrificar su tiempo, su esfuerzo y su cordura en beneficiar los intereses del señorito que le paga el jornal, advirtiéndole a la “parienta” (calificativo impuesto por el señorito para definir a la persona que queda en casa del paisano a cargo de las necesidades del hogar e hijos) que eso es lo propio, que es lo que hay que hacer y que no es ningún denuedo, sino todo lo contrario, es la aportación que los “súbditos” han de propiciar  para que los “amos” encuentren la dicha.

Y llegados a este punto es cuando yo me cago en los muertos de Los Indios Tabajara (maldición que se estila en mi pueblo para despreciar sublimemente) y en la madre que parió a los que creen que esa es la coyuntura que hemos de tragar como ruedas de molino para admitir que lo que este gobierno está “gobernando” es lo que hay que hacer “por el bien común de los ciudadanos”.

Y no me cago en sus muertos por cagar, sin más, sino que me esfuerzo en apretar mi culo para que mi cagada sea contundente y dé para que dispongan de mi mierda todos aquellos que crean que  el resto de personas que componemos el mundo somos “paisanos” que tienen a la parienta esperando en “el hogar” a que les llegue el jornal para darles de comer a los “churumbeles”.

Hay que ser muy “hijo de puta” (sin que por ello se intente agraviar a la madre del susodicho) para despreciar a la gran mayoría de personas que, por imperativo capitalista, han de someterse a las directrices que una centena de déspotas imponen.

 Algo tiene que cambiar para que esto no suceda. No podemos, las personas, estar sujetas a que cada cuatro años, por imperativo legal, nos pidan el voto, nos digan que nuestro voto es soberano, y después tener que aguantar durante esos mismos 1.460 días las mentiras y los desprecios a las promesas que nos animaron a ejercer este derecho, y que ahora tengamos la sensación de que nos estamos comiendo nuestra propia mierda por el hecho de que los embusteros y mentirosos son ahora, por derecho constitucional,  las personas que han de ostentar el poder y el derecho a representar nuestros intereses, a pesar de sus embustes, mentiras y falsedades.